Hoy, día 25 de noviembre, es el día internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Y, evidentemente, queda mucho aún.
Pero debemos recordar que es un primer paso. Que no es un objetivo en sí mismo, sino que es un paso, la eliminación de la violencia, hacia un horizonte de igualdad, de apoyo entre todas y todos para crecer juntas, para lograr un mundo mejor, más justo, donde ocuparnos de otras cosas, de la mano, teniéndonos en cuenta nuestras perspectivas, nuestras formas de ver…
Me gustaría un futuro en que habláramos de nuestras expectativas en positivo:
Últimamente me doy cuenta de que cosas que etiquetaba como Solidaridad (mensajes, documentos o simplemente ideas), ahora lo hago como Justicia.
Y haciendo un poco de introspección (creo que a esto es a lo que yo llamo hacer eco), creo que no es una cuestión de significado de las palabras en sí. No intentes corregirme. No hablo de lo que las palabras significan, sino de lo que me dicen a mí.
Solidaridad, al menos como la he usado habitualmente, me da una cierta idea de resignación, de bajar los brazos, situarme al lado de la otra persona y llorar juntos, en silencio.
Y en ocasiones, es quizá la única salida digna.
Sin embargo, creo que en ocasiones debemos tomar partido, no estar simplemente al lado llorando, sino denunciando, reivindicando, gritando tan alto como podamos, de parte de quien no tiene ya fuerzas, voz o siquiera lágrimas. O quizá nunca la ha tenido porque hemos inventado unas reglas que nos sitúan a un lado u otro de no sé qué línea.
Y creo que eso es de Justicia.
No sé si te ha pasado alguna vez…
Tú ves algún problema, más o menos complejo, y tienes una idea más o menos formada… y de pronto, llega alguien, te da un par de explicaciones técnicas, apela a la globalización, el mercado, las normas, el derecho,… y acabas teniendo que pagar el café y acusado de la muerte de Manolete.
Después, cuando llegas a casa y piensas con más calma sobre el tema, intentas recorrer el camino entre el punto de inicio y el del final… y pierdes el rumbo, la cabeza y la paciencia.
No sabes bien en qué punto ha dejado de ser importante el problema para serlo la circunstancia o la excusa.
¿Dónde se ha quedado el sentido común?
Andaba leyendo un artículo de ecleSALia sobre la pobreza (enlace) y me venía una idea a la cabeza.
A veces, charlando con gente, me han cuestionado aspectos más o menos generales (el hambre en el mundo, las guerras, la injusticia,…) o incluso cuestiones más o menos concretas que por lejanas, se convierten en generales (la violación de una muchacha en Bolivia, como una vez me preguntaron…). Evidentemente, son cuestiones que pueden preocuparte, cuestionarte, interpelarte… pero que suponían cierto desasosiego, por no tener una respuesta válida y concreta (sí, todo el mundo desea que la paz llegue al mundo… pero no deja de ser un deseo complicado y muy poco factible en mi día a día).
No digo con esto que las labores que se realizan ‘a distancia’ (como las colaboraciones con ONGs, o las movilizaciones en favor de ciertas acciones concretas…) no me parezcan válidas… Todo lo contrario. Pero a veces me da la sensación de que esa parte es fácil, de que podríamos caer en la autocomplacencia de decir que ya cumplimos con la movilización mensual que mi ‘ética’ me exige y quedarnos ahí.
Y pensaba que quizá tenga que llegar a una ‘encarnación’ de cada situación… si Jesús se hace presente en las situaciones de injusticia, no habla de ‘todos los casos de hambre’, sino de él, ‘que tenía hambre‘ y ‘cada vez que hicistéis a uno de estos‘… Y convenga más ‘aterrizar’ en lo concreto de una situación (en la que, por cercana, concreta, conocible) puedo hacer algo concreto, al menos por esa persona y esa situación.
Seguramente, en ocasiones hemos pensado que eso (una actuación tan concreta) no resuelve el hambre del mundo, ni traerá la paz a todos los conflictos abiertos… No.
Pero os contaré un cuento (la versión es más o menos libre… así que si alguien conoce el original, me encantará cambiarlo).
Una niña se encontraba en la playa, recogiendo con suavidad conchas que, en la playa, corrían el riesgo de morir.
Cada vez, cogía una, avanza cautelosamente hasta la orilla y la depositaba en el agua. Regresaba, cogía otra…Un caminante que la vio, le preguntó:
- ¿Qué haces, niña?
- Salvar la vida a las conchas- contestó.Mirando entorno, el caminante vio un paisaje desolador de conchas agonizando en la arena.
- Pero es una tarea imposible… son demasiadas!La niña, depositando la concha que tenía en las manos, se volvió al caminante y le dijo:
- Digáselo usted a ésta.
Ánimo, pues… que aunque la tarea es enorme… sólo tenemos que estar atentos a cada persona que se nos acerca…
Para corroborar esta idea… Existe una iniciativa que aparece en la web de Marianistas, (enlace), de vivir los cuarenta días de la cuaresma con los cuarenta países menos desarrollados. Así que ampliemos las miras un poquito… pero sin dejar de mirar a nuestro suelo más inmediato!
En estos días de Navidad, hemos estado ajetreados con luces, músicas, regalos, felicitaciones,… y todo esto nos deslumbra y acaba impidiéndonos ver más allá de nuestro entorno más inmediato.
Papá Noel se instaló en nuestra sociedad, con su pasaporte comunitario, así que no encuentra problemas para traernos su gran bolsón de regalos, patrocinados por una sociedad que explota y permite la explotación.
Mientras, desde África, América, Asia llegan, goteando, tantas personas, vidas, sueños, anhelos, que arrancamos de sus entornos y dejamos caer en nuestro suelo, sin mirar siquiera…
Se nos va la vida, goteando… y no nos importa demasiado.
¿Dejarán pasar a los Reyes Magos, llegados desde Oriente y (para más inri) uno de ellos negro?